Tarta “El ruido y la furia”

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Padre fue a la puerta y volvió a mirarnos. Luego regresó la oscuridad y él permaneció en la puerta, negro, y luego la puerta volvió a ponerse negra. Caddy me abrazó y yo nos oía a nosotros, y a la oscuridad, y a algo que se podía oler. Y después, vi las ventanas, donde los árboles susurraban. Después la oscuridad comenzó a moverse con formas suaves y brillantes, como pasa siempre, incluso cuando Caddy dice que he estado durmiendo

William Faulkner

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La tarta, de vainilla con crema pastelera. Mmmmh

Cupcakes “¿Dónde está mi vaca?”

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Había que acometer La Lectura del Libro Ilustrado. Ese era el significado de las seis en punto.

Era el mismo libro, todos los días. Las páginas estaban redondeadas y blandas allí donde el joven Sam las había chupeteado, pero para una persona de ese cuarto, se trataba del libro de los libros, la más grande historia jamás contada. Vimes ya no necesitaba leerlo. Se lo sabía de memoria.

Se titulaba ¿Dónde está mi vaca?

El afligido y anónimo narrador había perdido a su vaca. El argumento se reducía a eso, la verdad. La página uno recogía un principio prometedor.

¿Dónde está mi vaca?
¿Es esa mi vaca?
Dice: “¡Bee!”
¡Es una oveja!
¡No es mi vaca!

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Luego el autor empezaba a entrar en materia

¿Dónde está mi vaca?
¿Es esa mi vaca?
Dice: “¡Hiiin!”
¡Es un caballo!
¡No es mi vaca!

Para entonces, el autor había alcanzado un éxtasis creador y escribía desde las profundidades atormentadas de su alma.

¿Dónde está mi vaca?
¿Es esa mi vaca?
Dice: “¡Gruuuff!”
¡Es un hipopótamo!
¡No es mi vaca!

                                                                                                                             ¡Zas! Terry Pratchett

Hoy quiero unirme a las celebraciones del Día del libro con un post algo diferente. Una historia dentro de otra historia. De acuerdo, ¿Dónde está mi vaca? No es un novelón del siglo XX, vale. (Aunque ya se sabe, sobre gustos…) Pero me pareció una buena idea hacerla protagonista de este día por dos razones.

La primera, es que el protagonista de este libro para todo lo que esté haciendo a las seis de la tarde de cada día (Aunque esté luchando en una guerra postapocalíptica) para leerle este cuento a su hijo. Y es que no conozco otra manera mejor que compartir tardes llenas de historias para fomentar el hábito lector que tanto nos preocupa y para el que tan poco tiempo tenemos.

Y la segunda es que Terry Prattchett y su mundodisco se merecen que se les haga un sitio en cualquier parte. Y esta razón va dirigida al público adulto. ¿Qué no sabes que es el mundodisco? ¿Una tortuga gigante, cuatro elefantes? ¿De verdad que no te suenan de nada? Pues pasa una tarde diferente desternillándote de risa frente a un libro. Deja a los clásicos para mañana (que también merecen algo de tu tiempo) y disfruta hoy del placer de reir, que nos hace falta. ¡Feliz día del libro a todos!

PD. Puedes escoger casi cualquier libro de esta saga para empezar, pero  si eres de los que necesitas organización ante todo, aquí te dejo una guía de lectura de estos libros realizada por la fancueva.

Guia-de-Orden-de-Lectura-del-Mundodisco-ES-2-22

 

Pss pss: Los cupcakes, de fresa con buttercream de vainilla

Cupcakes “El Aleph”

 

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En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Jorge Luis Borges

Cupcakes “A sangre fría”

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Antes de que lo amordazara, el señor Clutter me preguntó, y ésas fueron sus últimas palabras, quiso saber cómo estaba su mujer, si estaba bien. Y yo le dije que sí, que muy bien, que estaba a punto de dormirse y le dije también que no faltaba mucho para la mañana, que entonces alguien los encontraría y que entonces todo, yo y Dick y todo aquello, les parecería un sueño. Y no es que le estuviera tomando el pelo. Yo no quería hacerle daño a aquel hombre. A mí me parecía un señor muy bueno. Muy cortés. Lo pensé así hasta el momento en que le corté el cuello.

-Aguarde. He perdido el hilo -Perry tuerce el gesto, se frota las rodillas, las esposas tintinean-. Después ¿sabe?, después de amordazarles, Dick y yo nos fuimos a un rincón. Para hablar. Recuerden que Dick y yo habíamos tenido diferencias. Se me revolvía el estómago al pensar que había sentido admiración por él, que me había tragado todas sus fanfarronadas. Le dije: “Bueno, Dick. ¿No sientes escrúpulos?” No me contestó. Le dije: “Déjalos vivos y no será poco lo que nos echen. Diez años como mínimo.” Tenía el cuchillo en la mano. Se lo pedí y me lo entregó. Le dije: “Muy bien, Dick. Vamos allá.” Pero yo no quería decir esto. Yo sólo quería fingir que le tomaba la palabra, obligarlo a disuadirme, forzarlo a admitir que era un farsante y un cobarde. ¿Sabe? Era algo entre Dick y yo. Me arrodillé junto al señor Clutter y el daño que me hizo me recordó aquel maldito dólar. El dólar de plata. Vergüenza. Asco. Y ellos me habían dicho que no volviera nunca a Kansas. Pero no me di cuenta de lo que había hecho hasta que oí aquel sonido. Como de alguien que se ahoga. Que grita bajo el agua. Le di la navaja a Dick y le dije: “Acaba con él. Te sentirás mejor.” Dick probó o fingió que lo hacía. Pero el hombre aquel tenía la fuerza de diez hombres, se había soltado, y tenía las manos libres. A Dick le entró pánico. Quería largarse de allí. Pero yo no lo dejé. El hombre iba a morir de todos modos, ya lo sé, pero no podía dejarlo así. Le dije a Dick que cogiera la linterna y lo enfocara. Cogí la escopeta y apunté. La habitación explotó. Se puso azul. Se  incendió. Jesús, nunca comprenderé cómo no oyeron el ruido a treinta kilómetros a la redonda.

Truman Capote

Tarta “1Q84”

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“Aquella noche había dos lunas. A ambas les faltaban dos días para el plenilunio. Aomame, con una copa de coñac en la mano, contempló durante un buen rato la pareja de lunas, la grande y la pequeña, como si contemplara un enigma irresoluble. Cuánto más miraba, más incomprensible le parecía aquella combinación. Si fuera posible, le gustaría inquirir directamente a la Luna. “¿A qué se debe que de repente te haya salido esa pequeña acompañante?”  Pero la Luna no le contestaría, por supuesto. La luna había contemplado la Tierra de cerca durante más tiempo que nadie. Tal vez hubiera sido testigo de todos los fenómenos acaecidos en la Tierra, de todos los actos cometidos en ella. Sin embargo, permanecía en silencio, no los contaba. Cargaba con un voluminoso pasado, fría y certeramente. En ella no había aire ni viento. Su vacío era idóneo para conservar intactos los recuerdos. Nadie podía abrir el corazón de la Luna. Aomame alzó la copa hacia ella. -¿Has dormido abrazada a alguien últimamente? – le preguntó Aomame. La Luna no respondió. -¿Tienes amigos? – preguntó Aomame. La Luna no respondió. -¿No te cansa vivir siempre así de impasible?- La Luna no respondió.”

Haruki Murakami

Cupcakes “Moby dick”

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Lo que la distinguía de otras ballenas no era tanto su volumen, sino más bien su frente peculiar, blanca como la nieve y arrugada, y una alta joroba piramidal y blanca. Esas eran sus características más salientes, las señales por las cuales, aun en los mares sin límites y sin cartografiar, revelaba a gran distancia y a quienes la conocían, su identidad. El resto del cuerpo estaba tan rayado y manchado y lleno de lunares de tonalidad de mortaja, que, en último término, había ganado el apelativo que la distinguía: “ballena blanca”, un nombre, en verdad, justificado literalmente por su vívido aspecto cuando se le veía deslizándose en pleno mediodía a través de un mar azul profundo, dejando una estela lechosa de espuma como crema, toda rayada de brillos dorados.Pero no era propiamente su desacostumbrada magnitud, ni su notable tonalidad, ni aun su deformada mandíbula inferior, lo que tanto terror natural producía en el ballenero; era su malicia inteligente y sin ejemplo, que, de acuerdo con relatos precisos, había mostrado una y otra vez durante sus ataques. Más que todo, sus retiradas traicioneras producían una confusión que superaba a cualquier otra cosa. Porque, mientras nadaba ante sus entusiasmados perseguidores con todos los síntomas de alarma, más de una vez se le había visto volverse de pronto y, cargado sobre ellos, desfondar el bote haciéndolo astillas, u obligarlos, llenos de consternación, a retornar a sus buques.

Herman Melville

Tarta “La reina de corazones”

Sin título

 

 

Mi queridísimo padre,

Después de las maravillosas noticias sobre la caída de Sebastopol, ¿tendrá usted ahora la disposición de escuchar pequeños asuntos de suma e íntima importancia para un insignificante oficial subalterno? Prepárese, si es el caso, para un anuncio repentino y sorprendente. ¿Cómo explicarme? ¿Cómo decirle que realmente vuelvo a casa?

Sólo se me ha ofrecido una oportunidad de escribirle esta carta, y muy poco tiempo para redactarla; así que debo resumir las cosas, si es posible, en pocas palabras. El médico ha informado de que estoy preparado para viajar finalmente, y podré irme, gracias a los privilegios de que disfruta un hombre herido, en el próximo barco. El nombre del barco y la hora de salida están anotados en la lista junto a la carta. He hecho todos los cálculos y, teniendo en cuenta cualquier retraso eventual, creo que podré estar con vosotros como muy tarde el uno de noviembre, quizás unos días antes.

Estoy demasiado ocupado con los preparativos de mi regreso, y con algo más que luego le confiaré, algo relacionado con este regreso, y que es igualmente importante para mí, como para poder comentar los asuntos de estado, especialmente cuando sé que los periódicos le habrán suministrado a estas alturas gran cantidad de información. Déjeme consagrar el resto de esta carta a un asunto que atesoro en lo más profundo de mi corazón; un asunto, y casi me avergüenza decirlo, que me importa más que el gran triunfo de mis compatriotas, en el que mi condición de herido me ha impedido tomar parte.

Según me dijo en su última carta, la señorita Yelverton iba a hacerle una visita este otoño, en su calidad de tutor. Si ella se encuentra efectivamente a su lado, le ruego que remueva cielo y tierra para que permanezca en The Glen Tower hasta mi regreso. ¿Se imagina ya mi confesión tras este ruego? Mi querido, querido padre, todas mis esperanzas están puestas en ese maravilloso tesoro del que es usted tutor, que quizás en este momento esté bajo el mismo techo; toda mi felicidad depende de que Jessie Yelverton se convierta en mi esposa.

Si no creyese sinceramente que usted aprobará plenamente mi elección, no me habría aventurado con esta abrupta confesión.

Ahora que está hecha, permítame continuar y contarle por qué he mantenido hasta ahora mis sentimientos en secreto para todos, incluso para la misma Jessie (verá que ya la llamo por su nombre de pila).

Lo hubiera arriesgado todo padre, y le hubiera entregado mi corazón sin dudarlo hace más de un año, si no hubiera sido por la orden que envió a nuestro regimiento fuera del país a participar en la gran batalla de la guerra con Rusia. Ningún cambio ordinario de mi vida me hubiera hecho callar el asunto del que más ansiosamente deseaba hablar; pero este cambio me hizo pensar seriamente en el futuro, y de estas reflexiones surgió la resolución que he mantenido hasta la fecha. Por su bien y sólo por su bien, me obligué a no pronunciar las palabras que la hubieran convertido en mi prometida. Decidí ahorrarle la terrible inquietud de esperar que los peligros de la guerra permitiesen o no el regreso hasta ella de un marido por desposar. Decidí ahorrarle el amargo pesar de mi muerte si me abatía una bala. Decidí evitarle el desdichado sacrificio de su existencia en el caso de que regresara de la guerra, como otros muchos hombres valientes, inválido de por vida. Al dejarla libre de todo compromiso, sin que sospechara siquiera sobre la naturaleza de mis sentimientos hacia ella, podría morir, en silencio, sabiendo que le había ahorrado un gran sufrimiento al corazón que más amaba. Éste fue el razonamiento que impidió que las palabras saliesen de mis labios cuando dejé Inglaterra, sin saber si algún día volvería. Si no la hubiera querido tanto, si su felicidad hubiese sido menos preciosa para mí, quizá no habría cumplido la dura restricción que me había impuesto a mí mismo, y habría hablado con egoísmo en el último momento.

Pero ahora han pasado las horas de aflicción, la guerra ha terminado y aunque aún cojeo ligeramente, gozo, gracias a Dios, de excelente salud y aún mejor ánimo que cuando me fui de casa. ¡Oh, padre, si la perdiera ahora, si no obtuviera ninguna recompensa por intentar salvarla de la más amarga de las decepciones! A veces soy lo suficientemente vanidoso para pensar que, de algún modo, dejé mi huella en ella; otras veces dudo de que tenga sospecha siquiera de mis sentimientos. Vive en un mundo feliz, es el centro de continua admiración, hombres dotados de todas las cualidades que conquistan a las mujeres la rodean en todo momento, ¿así que puedo yo atreverme, puedo tener esperanza? ¡Sí, debo hacerlo! Lo único que le ruego es que la retenga en The Glen Tower. En ese mundo tranquilo, libre de frivolidad y tentación, me escuchará mejor que en ningún otro lado. Reténgala, queridísimo padre, y por encima de todo, no le cuente ni una palabra de esta carta. Me he ganado sin duda el privilegio de ser el primero en abrirle los ojos a la verdad. No debe saber nada, ahora que regreso a casa, hasta que lo escuche todo de mis propios labios…

 

 

                                                                             Wilkie Collins

En realidad de esta entrada, como dije en su momento, sólo quiero resaltar una cosa:

Que sean felices y coman perdices. ¡Vivan los novios!